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¿Es el racismo una enfermedad mental? | CISNE Comunica

Autor: Dr. Edilberto Peña De León.

En esta ocasión voy a comenzar esta columna por el final: rotunda y terminantemente NO.

De cualquier, forma la pregunta cobra relevancia con los acontecimiento a que nos hemos enfrentado en el mundo en las últimas semanas.

Asesinatos y violencia en contra de personas por su condición racial distinta, dentro del contexto más añejo de pugnas y luchas históricas que van y vienen y se reeditan cada determinado número de años.

El origen

El racismo es una conducta de ciertos grupos humanos favorecida por dos factores:

El primero es un miedo a lo diferente, rechazando aquello que no nos resulta cercano; vinculando características morales y psicológicas  a una jerarquización de razas.

Este miedo es sostenido por la permanencia de ciertas representaciones sociales y culturales negativas sobre un grupo percibido como diferente.

En segundo lugar, se ha señalado que existe un elemento biológico, con fundamentos del darwinismo:

La respuesta defensiva a lo distinto es un mecanismo etológico fundamental a un comportamiento regulado por la evolución”.

Es decir, un mecanismo donde razas percibidas como inferiores y no susceptibles de ser perfectibles deben de ser eliminadas como única vía para afrontar la degradación de la condición humana.

Conducta humana, pero no un trastorno

En resumen, atacamos los que nos es extraño, lo que no entendemos y que en el fondo de nuestro instinto de supervivencia, nos asegura permanecer vivos en la misma condición que conocemos, sin necesidad de adaptarnos a nuevas circunstancias.

Hay que mencionar que las conductas racistas han sido demostradas dentro de un patrón de herencia con base genética.

No es, por supuesto, el único factor causante de estos comportamientos. También se ven reforzados por los atavismos sociales que premian a los mismos y que desincentivan a las formas de convivencia pacífica entre razas.

Al respecto, existe un experimento de las ciencias psicológicas sociales muy interesante que se realizó en los Estados Unidos y se publicó en la revista Science en el 2009.

Un experimento

Se expusieron a dos grupos de personas diferentes imágenes y audios de insultos racistas. A uno de estos segmentos de personas se les advirtió qué iban a presenciar y se les pidió que emitieran una opinión de forma previa al estímulo.

Ambos grupos fueron muy consistentes. Más de dos terceras partes de cada grupo dijo que se sentiría molestos por la situación y eludirían la compañía de la persona racista que insultaba.

Resultó sin diferencia significativa entre ambos grupos, quienes presenciaron sin noticia previa y los advertidos de la conducta.

Eso sí, lo que contaban con el aviso previo, mostraron menores índices de angustia emocional e indiferencia hacia el acto.

Se encontró también que existía una tendencia a sobrestimar el rechazo social que podría producir el actuar en contra del insulto racista, favoreciendo manejos más pasivos de la situación.

El dato interesante vino cuando se filtraron los datos a partir del origen racial de los participantes en el experimento. Los caucásicos se sentían molestos por el maltrato verbal, pero el 63% no evitaban la compañía del racista.

Por lo tanto volvamos a nuestra pregunta original de este artículo y démosle de nuevo una respuesta después de la fundamentación presentada.

El racismo no es una enfermedad mental. Decirlo así de claro, nos ayuda a no cooperar con la estigmatización y la normalización de conductas dentro de desórdenes patológicos de la mente.

Así, el racismo cae en el ámbito de las conductas disfuncionales, siendo un fenómeno social que tiene su propio campo de estudio, el trabajo para destrabar y entender sus causas y bases sólidas para seguir combatiéndolo y alcanzar el ideal de una convivencia igualitaria entre todas las razas.

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