¿Cómo diferenciar entre ansiedad, estrés o trastornos de ansiedad?

Autor: Edilberto Peña de León

La palabra ansiedad es usada en los lugares comunes más recurrentes dentro del lenguaje cotidiano. La consulta se llena de quejas del tipo: “como por ansiedad”, “tengo una ansiedad que ni yo me aguanto”, “no duermo por ansiedad”, “me da ansiedad ver a mi novio en línea y que no esté chateando conmigo”, “no puedo atender a la clase porque estoy demasiado ansioso”; hasta cerrar con la recurrente “tengo ansiedad del futuro”.

Uno de los principales ejercicios que podemos poner en práctica es emplear el correcto reconocimiento de las emociones. Se comienza por evitar el bote de basura mancomunado de: “me siento mal”. Lo que detectamos perfectamente es el malestar, pero lo que nadie nos enseña es a ponerle nombre al malestar, graduarlo y medirlo, para poder detectar de forma acertada si lo que hicimos sirvió para estar mejor o peor, y en qué medida. 

Este tipo de ejercicio es el que tenemos que aplicar para el mundo complejo de la ansiedad. En sus continentes tenemos al estrés, a la angustia, el síndrome de burnout (o síndrome de desgaste en castellano), las obsesiones, los miedos y el pánico, por mencionar a los más frecuentes.

 

Intentemos mencionarlos de forma ordenada y priorizarlos por mayor frecuencia de presentación, pero de menor índice de intensidad y de patología:

Estrés: se trata de una reacción fisiológica normal de todo organismo, que se desencadena en cuanto enfrentamos un obstáculo fuera de lo planeado y que nos obliga a sacar recursos de las reservas y adaptarnos para salir adelante. El estrés es parte generalmente de una reacción física, pero se trata de un término que, desde principios de los años setenta, se comenzó a manejar en el lenguaje psicológico para referirse a las sensaciones correspondientes a estos eventos físicos, pero en la esfera de la salud mental. Hay que partir de un principio básico: La vida sin estrés no existe. El estrés es necesario para la evolución de todas las especies y para su desarrollo ante los estímulos que le presenta el medio ambiente. Hay un tipo de estrés bueno, que se le conoce como “eutrés” y es el que nos hace crecer y salir adelante, y uno malo, o “distrés” que es excesivo, no nos sirve, y nos paraliza haciendo que no podamos avanzar en nuestros objetivos. Ejemplo de las diferentes gamas de estrés, es la variedad de tipos de respuestas que hemos observado en las personas durante los muchos meses de pandemia y de confinamiento.

– Ansiedad: con ésta nos referimos a la sensación psicológica de malestar donde característicamente se nos agolpan las preocupaciones de una forma obsesiva y creciente, además de que nuestros pensamientos toman matices pesimistas y catastróficos, difícilmente controlables. Característicamente esto es mucho más que la sensación molesta que representa el estrés, no es para nada funcional y generalmente nos afecta tanto que repercute directamente en nuestras actividades.

– Angustia: se trata del correlato físico de descontrol que acabamos de describir para la ansiedad. Está gobernada por el sistema nervioso autónomo, mismo que se encarga de regular todas las funciones involuntarias de nuestro organismo, como las de las vísceras del tórax y el abdomen. Se presenta con incremento del ritmo cardíaco, aumento de la presión arterial, vista borrosa, boca seca, dificultad respiratoria, movimientos intestinales erráticos, vejiga hiperactiva, temblor de las extremidades, mala regulación del calor y del frío y sudoración profusa. Igualmente incapacitante.

– Síndrome de Burnout: como ya mencionamos es el término de síndrome de desgaste. Es un padecimiento que es muy común en médicos, enfermeras, policías, bomberos, abogados y especialmente en cuidadores de enfermos terminales y de pacientes demenciados. Se produce cuando las situaciones de la vida son tan agotadoras y con poco reconocimiento que superan a nuestras capacidades de mecanismos de defensa para confrontar estas agresiones. Se produce una característica fatiga crónica que no se quita solamente con reposo, sino que lleva un trabajo más profundo donde tenemos que logar un re-equilibrio de las situaciones estresantes y las placenteras de la vida para poder volverse a sentirse bien y completo antes de llegar a situaciones más complicadas, como el siguiente punto.

Los trastornos de ansiedad

  1. Trastorno de ansiedad generalizada: hablamos de cuando nos encontramos todo el tiempo en un nivel de alerta fuerte y serio que nos pone en focos rojos a nivel físico y mental. Si esto se sostiene por más de seis meses ya nos puede producir desórdenes secundarios como dolores de cabeza, hipertensión, intestino irritable, asma o fibromialgia.
  2. Ataques de pánico: es el punto máximo de la sensación de ansiedad en un individuo. Es el descontrol total físico y mental con la sensación de muerte inminente y de volverse loco, de 10 a 30 minutos de duración y donde uno pierde todo el control de sí mismo. Todos conocemos a alguien que los haya padecido, son terribles.
  3. Fobias: en este punto voy a agrupar a las agorafobia (fobia a espacios abiertos o a sentirme apretado, con lo cual me niego a salir de mi casa), fobia social (terror a ser el centro de atención, como al dar una conferencia o exponiendo en clase o el trabajo, y a las fobias específicas, de las cuales las más comunes son a la sangre, las alturas, los elevadores y las arañas. Las fobias tienen en común un miedo irracional e incontrolable al foco de la fobia con una conducta evitativa de la situación en todas las ocasiones.

No todas son malas noticias, el mensaje tiene que decirse alto y fuerte, las diferentes etapas de la ansiedad, todas, todas, tienen solución, desde consejos generales e inmediatos, hasta terapias avanzadas y de vanguardia.

Los “musts” a conocer de la ansiedad 

  • Siempre guardar la calma frente a alguien que la sufre, decimos más con nuestra lenguaje no verbal que con nuestras palabras, dos ansiosos no se pueden ayudar.
  • Acompañar a la persona, hacerle sentir que todo se va a resolver, no mencionar “no pasa nada, todo está en tu mente”, si es que no queremos recibir un golpe. Se trata de dar contención al descontrol máximo que es la ansiedad fuera de uno. Estando ahí para la persona hacemos más que suficiente.
  • Si la ansiedad se la está desencadenando un factor externo y, evidentemente, la persona no le encuentra una solución, ya que su mente se encuentra nublada, hay que enfocarnos en las situaciones más urgentes y apremiantes, priorizarlas y ayudarle, en nuestra medida, a solucionar lo que sí tiene solución.
  • Enfocarnos a rutinas de estilo de vida saludable que pueden defenderme a largo plazo de presentar ansiedad o cooperar a mi curación si ya la estoy sufriendo: buscar un sueño reparador, una dieta balanceada de tipo mediterráneo con los menos de alimentos procesados, ejercicio 45 minutos de intensidad moderada cuatro veces por semana. Además un adecuado entrenamiento en manejo del estrés como la meditación o el mindfulness.
  • Entrando al terreno de cuando nos presentamos con una disfunción en la ejecución de las diferentes áreas de la vida, es el momento de tocar base con los profesionales. Acudir con un profesional de la salud mental, favorecer el uso de terapias de enfoque cognitivo conductual, que se limitan a hacer modificaciones en el aquí o el ahora, el uso de fármacos que pueden equilibrar y curar las alteraciones de los neurotransmisores o de dispositivos médicos de neuromodulación que hacen recuperar de forma acelerada el equilibrio neuronal alterado por la malvada ansiedad. 

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